sábado 20 de junio de 2009

"Últimas horas (fe de erratas)", en programa Letrario del Depto. de Letras de la Universidad de Guadalajara y el SJRyT

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Porque no pude ir a la inauguración de Miguel Rivera el viernes 19 de junio de 2009, dejo aquí lo que se registraba mientras la expo iniciaba. Programa Letrario del Departamento de Letras de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión (SJRyT). Gracias Javier y Gaby por la invitación y la grata tarde lluviosa que pasamos en la cabina de radio hablando del libro Últimas horas; fue una reflexión sobre la obra que (me) había faltado hacer, así, en vivo, al aire, sin guión para las respuestas.

Fe de erratas. Al inicio del archivo de la transmisión del programa de radio, donde dice "9 de julio", debe decir "19 de junio" (A eso me refiero con la maravilla que es recomponer lo hecho".

jueves 18 de junio de 2009

"Anular es votar. Anular es aspirar a más". Opinión de Denise Dresser; tomado de Reporte Índigo, julio 11 de 2009.

Desde luego, la insistencia que presentaba en la entrada anterior, contestando al columnista y analista político Marco V. Herrera sobre su texto "Votar o no votar", así como el posteo de la columna de Dresser en esta ocasión, evidencian mi postura respecto al voto nulo y mi manifiesta certidumbre de promover "la opción" como eso, como una "opción" ante el panorama ya sabido, al que, elección tras elección, nos enfrentamos.

A manera de sumario, Dresser destaca parte de su texto: "Ha llegado el momento de reconocer lo que no funciona, y componerlo. Pienso anular mi voto y votar por "Esperanza Marchita". Porque anular es participar. Anular es aspirar a más."

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jueves 4 de junio de 2009

Cuestión de palabras. Sobre la columna de Marco V. Herrera B. publicada el 4 de junio de 2009 en El Financiero y los malentendidos sobre el voto nulo

Muy apreciable señor Marco V. Herrera. Escribo para comentar con usted una inquietud que encuentro en su colaboración titulada "Sí al voto", en la primera línea usted afirma: "Se ha generado una gran polémica sobre el tema de votar o no votar" (temática que desarrolla a lo largo del texto).
Según alcanzo a distinguir, la cuestión a la que se refiere es una distinta, o su colaboración en cuestión está inspirada por una problemática distinta, en todo caso, que se podría verbalizar así: "Se ha generado una gran polémica sobre el tema votar por alguno de los candidatos que los partidos políticos han propuesto o decidir anular el voto" (como una señal de repudio a los partidos políticos, al sistema político y los candidatos que propone, ya sin entrar en sus gratos o tristes desempeños al frente de un cargo público).
Creo que habrá de recapitular su colaboración, es obligación de quien escribe y ha errado al confundir la problemática sobre la que elucubrará. No es mi intención ofenderle. Sólo es que creo que, imparcialmente, hay una inconsistencia de fondo a remediar. Claro, si desea, se podrá o no argumentar, y sólo eso, en defensa de la terminología apropiada para este caso "votar", "no votar", "anular el voto" y "abstenerse de votar".
Al respecto de la posibilidad de anular el voto. Los ciudadanos deben saberse con la responsabilidad de decidir o, mejor, incidir políticamente a través del sufragio, pero el pueblo soberano tiene el derecho, individualmente y/o como sociedad, de organizarse para votar (por uno u otro), abstenerse de votar (por alguno, algunos o por todos), así como por anular su voto.
Yo, como usted, pienso acudir a las urnas para que las fojas que deba cruzar sean cruzadas, lo demás (si fue por alguno o por ninguno, o fue anulando mi voto) es decisión de cada uno, sin que por ello seamos más o menos responsables, más o menos ciudadanos, más o menos democráticos, más o menos lúcidos.
El voto nulo, o anular el voto, no genera gobiernos, es cirerto, pero en defensa, quienes coinciden con anular el voto afirman estar inconformes con las posibilidades que se dan en una papeleta para tachar en la casilla.
Si a usted ninguna opción le parece satisfactoria, ni un poco, también podrá decidir por cambiar la estrategia, señalar su falta de simpatía por las plataformas políticas de los candidatos, la falta de simpatía por las promesas que poco o nada se cumplirán, podrá hacer patente su rechazo al anular su voto, sin seguir la corriente (de años) de votar por "alguien", pero votar porque ello significa un ejercicio ciudadano. Este país necesita de nuevos ejercicios ciudadanos, eso fortalecerá la democracia (en el sentido más amplio y sano del término), esa es mi opinión.
Le envío un cordial saludo por este medio (electrónico, virtual), por el que compartimos ideas, puesto que en la realidad (real) no lo conozco, y no "podemos" sentarnos en un café a confrontar como ciudadanos y quizá hasta como amigos, lo que sobre el voto y otras cosas pensamos. Eso, vivir en la realidad, comunicarnos en la realidad, hace mucha falta para cristalizar las ideas que yo y usted y todos tenemos sobre la nación a la que en nuestros mejores sueños anhelamos e intentamos, con trabajo (diverso), construir.

Gerardo Cruz-Grunerth
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La colaboración del señor Marco V. Herrera B. puede ser leída, íntegramente, en: http://esferapublica2.blogspot.com/

jueves 1 de enero de 2009

As times goes by... (es preciso hablar)

Los cibernautas han aprendido cómo hablar, algunos incluso lo hacen con belleza singular. En línea han “colgado” blogs, registros completos que escriben desde hace tiempo; en las publicaciones reportan sucesos privados, a veces tan privados que al hacerlos públicos sonrojan al lector recatado quien se cuestionará si en verdad debiera estar leyendo. Ahí se encuentran “mensajes”, un algo para un alguien, en un mundo virtual, donde la totalidad (virtual) de los virtuales visitantes puede recibirlos, están ahí para todos, pero también están ahí para nadie, si el espacio pasa desapercibido. Sin embargo, la capacidad de ser efectiva la publicación queda distante, es un engaño su hablar cuando se dice en la red, en el blog; en la realidad el silencio llena los espacios de la comunicación individual y social.
En los blogs hay un tono constante, generalmente muy grato, es el aire que los textos tienen de periodismo, como si cada casa o cibercafé desde donde se teclea fuese una momentánea redacción de prensa, así se puede imaginar al bloguero asistiendo con retraso o puntualidad a notificar su postura en una columna de opinión, de análisis, quizá la crónica de la catarsis propia. Algunos autores escriben, de esta manera, una columna de su ser, bajo un periodismo del yo, que no es para nada despreciable.
Siempre (aunque no es “siempre”, pero es un sintagma fijo), siempre he creído que parte de la mecánica del orbe actual precisa que la victoria y el triunfo ha de ser sólo el que logre un ente cargado socialmente de valor (y también capitalistamente cargado de valor simbólico); por ello, (repitiendo el sintagma fijo) siempre he creído que el individuo como ente (individual) ha permanecido aletargado en el mundo de la información, para ser únicamente el receptor de lo que se dirá, de la primera plana, incluso de las breves más breves olvidadas en las últimas páginas de los diarios o en los tres segundos del telenoticiario. La voz del ente ha perdido el espacio en la sociedad, usted se puede entrar en cualquier estación del Metro de la Ciudad de México y evidenciar con una palabra dicha en voz alta, dicha a media plataforma de espera, que la voz está negada en ese espacio; esto no pasa con tanta fuerza en el Tren Ligero de Guadalajara ni en el Metro de París, pero sí, hasta donde he visto, en el de Londres, situación que se puede relacionar con el ambiente propio de las urbes que devoran al ciudadano y, desde luego, las voces.
Hay un engaño que crece, un refugio que es engaño, la virtualidad ha abierto espacios virtuales, que no reales, para la manifestación de una serie de voces silenciadas una a una, cotidianamente en el orbe, minusvaloradas. La red es ese espacio de una polifonía textual-virtual, que por su carácter virtual, aunque resulte un oxímoron, la polifonía no emite sonido real. Los silencios guardados (en la realidad) se vierten allí (la virtualidad), aunque han mutado de exclamación de dolor o alegría, de palabras entre el llanto o de una queja por le fastidio a mediodía, han mutado por el comentario (lo que sea que la palabra “comentario” signifique). Esta vía, el comentario, y es más, la hiperescritura del comentario sobre el comentario, generan una encadenamiento textual, un tejido público en la virtualidad. Aquí reina, como una contradicción a la virtualidad, reina el carácter apofántico del decir personal, su capacidad de afirmar(se) y/o de negar(se). Parece todo un logro del que expresa. Nos hemos quedado siempre (otra vez este “siempre” que significa algo como “muchas veces” o “generalmente”), cuando lo que hemos de decir tiende a expresarse en los terrenos de la realidad real, se ha quedado el decir en muchos casos en el track de la retórica, por lo tanto del eufemismo, y aunque en la oralidad es un hecho lo apofántico, también es un hecho optar por lo otro.
Pero no sólo hemos perdido como individuos sociales el terreno de la comunicación social, el terreno de una comunicación individual de la sociedad, la comunicación privada se perdió en el afluente de la comunicación social donde lo “social”, regreso al punto, dejó de ser los “social”, para dar paso a la agenda de lo que en el espacio del capital y la celeridad del orbe ha de ser entendido como poseedor del peso simbólico, sígnico. Y yo no sé hasta qué punto incluso en el arte, el último refugio de la a veces representación de la realidad real, se cedió el carril; y por carril no me refiero a la ficcionalidad, pues ella, la ficcionalidad es habitante constante del arte. Pero, como decía al inicio de este párrafo, también en los ámbitos de la comunicación privada, del individuo con el otro, el “yo” ha visto mermada (aunque cualquiera puede refutar que esto es decisión del que quiere decir) su potencial capacidad de decir, aquí también la agenda de lo que socialmente tiene el poder simbólico, que se traduce en un poder sígnico y significativo, ocupa nuestras agendas del decir; la maraña, o, mejor, la marea alta de lo socialmente significativo, invade los terrenos del decir, y la manera de decir.
Aunque, reitero, se puede decir que el hablante define el grado en que el decir, el poder decir, el poder hablar, le es mermado o se automerma, yo insito que una serie de productos externos, que habitan en la maquinaria de la sociedad, algo así como un constructo diseñado a base de Aparato Ideológico de Estado, se instala en la cotidianidad de este siglo, se instaura una realidad de comunicación privada deficiente, y una nula capacidad de comunicación de lo privado hacia lo social. Es en este mismo momento-espacio cuando una “posibilidad” transgrede el nivel, la posibilidad proveniente de lo virtual y se configura en el nivel de lo real, se produce como contaminación (cómo decir contaminación en esta historia, en esta vida, sin que suene peyorativo).
Decir no es decir en este espacio en el que los planos se trasgreden, cómo hablar y cómo no hablar, preguntas elementales en la práctica humana de comunicación, pública y privada, individual y social, se significa singularmente, en el espacio, en la válvula virtual para la realidad social e individual; la pregunta se presenta como una nueva actividad de la cual no se alcanza a distinguir cómo es que funciona su mecánica, pero en la virtualidad ya no es el cómo no hablar o el cómo hablar de la calle.
Aquí, al estar frente al computador, son las mismas palabras, el mismo corpus que cuando caminamos por la acera de una calle en Los Ángeles, el mismo de la ensoñación y del sueño, de nuestros deseos perversos y amables, nuestra visión de mundo sigue siendo la misma, sin embargo algo ha cambiado. Aquí, en este espacio del click, del Alt Ctrl Fn Intro, la red, el blog, el casillero para el hipercomentario, al poner el cursor sobre él nos llevan a un contrato para hablar, para decir y, entonces, va quedando desplazada esa gran interrogante, el cómo no hablar, cómo no decir. Abrir, contratar, porque damos click al “acepto los términos y condiciones de uso”, es un contrato con quién sabe quién, en quién sabe dónde y quién sabe cómo, dar ese click es afirmar un deseo por decir, por hablar en el registro (log) de la virtualidad.
Y aunque disponemos de ese mismo corpus referido, el enfrentamiento, la disputa entre el cómo hablar y el cómo no hablar de la realidad ha perdido fuerza, digo, perdido fuerza ese enfrentamiento, las palabras y las cosas son dichas por un tecleo semiautomático, en un delirio de virtualidad, de posibilidad de decir sin intermitencias de lo que no es decible. Yo dudo que cualquiera bloguero, con el corpus propio, enuncie en el andén del tren mientras espera el convoy, dudo que diga, públicamente, sin mediaciones del cómo no hablar, lo que ha tecleado para sus blogs (de carácter personal). Cómo voltear en la banca del parque y decir lo que se ha de decir. Es un reto pasar el decir de lo virtual a lo real.
En la realidad, tiene una carga mayor el punto extremo en el que se cuestiona el que dice, en que casi como sin pensarlo o pensándolo muy de prisa, el péndulo del “cómonohablar-cómohablar” tiene su ir y venir. Todos tenemos, en la realidad, este espacio privilegiado donde se hace uso del péndulo al que hago referencia (y “todos” vuelve a ser una manera de decir, una forma de hablar). En el discurso del individuo, en el plano de la realidad, el juego del péndulo no tiene contratos para decir, no hemos firmado con un click un “acepto los términos y condiciones de uso de este diálogo”, a pesar de un proceso o principio de cooperación en el diálogo.
Yo no podría ser un columnista de mi vida, hacer este periodismo del yo del que hablaba al inicio de este texto. El contrato de aceptación para decir, por más fielmente que se quiera asumir a la palabra log no permite olvidar el péndulo “cómonohablar-cómohablar”, porque en ese juego está presente, para mí, en esa fragmentariedad del discurso, de lo dicho, lo que se es, quien se es.
Ante la disminuida o casi nula, o nula, posibilidad de comunicación del individuo, del yo, como ser social, en los medios públicos, privados y sociales de comunicación, han de encontrarse espacios del mismo plano, es necesario que sea también en el mismo plano de la realidad para hablar (bajo el juicio veloz del péndulo). Hablarle al tú de la realidad bastará si lo que se ha decidido decir es recibido, bastará y estará sobre la posibilidad de una virtual publicación hacia el, en potencia, total de cibernautas que puedan toparse con sus muy sentidas y bellas palabras. Existe una fiebre por publicar en muchos ámbitos reales y virtuales, por decir, falta verificar, porque es sano hacerlo (verificar es sano), si hay rigor en el decir (y rigor no es que una agenda externa defina lo que yo o usted “decidimos” decir).
En la realidad hay una experiencia única, real, al contacto con el otro, donde se tiene el poder de decir y el poder de no decir lo que se sabe, lo que se siente, incluso de mentir sin contratos, como muestra de “ser” consciente, “ser” individuo e individual al poder mentir como rasgo de la inteligencia, incluso guardar, arropar, no hablar un secreto. Por supuesto, se debe valorar y no menospreciar lo que los usuarios de la virtualidad han escrito y escribirán, lo comentado e hipercomentado, yo mismo soy un usuario del gran “log”, y con esto niego lo que afirmo, creo, y afirmo lo que niego, para poder decir, para poder afirmar mi postura sobre las aportaciones a la textualidad virtual y mi aportación a la textualidad virtual. Prácticamente nadie en la red dejará de teclear, lo sé; además, mi intención no es invitar a callar, sino recordar, porque seguro que se sabe, todos lo saben incluso desde antes que yo, que podemos hablar, así, en la realidad, bajo las reglas del juego impuestas por la oposición “cómonohablar-cómohablar”; y es que, además de ser un acto placentero, sin duda que es preciso hablar.

sábado 27 de diciembre de 2008

Otra vez la misma mierda


http://es.youtube.com/watch?v=va3XVdSltMs
Israel ataca Gaza, 27 de diciembre 08, 220 muertos, 150 heridos.

martes 18 de noviembre de 2008

Volver (para presentar Últimas horas (fe de erratas))

No poseo, materialmente, ninguna llave que abra ninguna puerta en esta ciudad (San Luis Potosí). He partido hace casi un lustro, sin querer ni haber podido volver en forma, formalmente; ahora esto parece una visita formal, una especie de vuelta. He aprovechado la imposibilidad del retorno para mantenerme ocupado, gozando de una vida muy distinta a la que esta ciudad adoquinada me brindó, no es necesario ni importante decir cuál ha sido mejor que la otra, a mí no me interesa el comparativo.
He escrito, leído y pensado mucho todos estos días que me ausenté de esta ciudad, por la mañana en la universidad, por la tarde y noche en el periódico, hasta la madrugada en casa; esto ha sido un verdadero entrenamiento, entrenando para escribano (entrenamiento que nunca termina), haciéndolo cada día, sin reflexionar más de lo debido. Sentía y siento un compromiso con lo que se dirá y cómo se dirá.
¿Cómo hacer para sólo adivinar el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno? He vuelto, a visitarlos, como dice en otra parte: del brazo y por la calle, con este libro que hoy presentamos el CANTE, CENART y sus servidores.
Esto no sería tan difícil si estuviera de visita en el DF o en Los Ángeles, sería presentar un libro y ya, sin embargo aquí están las caras conocidas y queridas, las desconocidas y queridas.
Traigo, por la calle y bajo el brazo, un libro que ha significado lo que no se puede decir ni ver, que no se debe decir porque he aprendido cómo no hablar. Lo que sí puedo decir es que ha significado caminatas por muchas ciudades, charlas viejas y nuevas.
Y, sin embargo, mi obra, esta obra, no será nada hasta el momento decisivo, en que mi escritura termine de ser escrita, de gozar al tener frente a su ser de tinta, papel y palabras sus ojos chiquitos, grandes, tapatíos, soñadores, café, azul o negro, miopes, bizcos o sordos; será cuando mis palabras, conjuradas para ser historia, logren serlo, al escribirlas entre ambos, usted y yo, la historia que vendrá de este libro será su historia.
Por ello, agradezco su colaboración, que sólo será posible si hay una seducción textual, como he dicho antes ya en mi blog, y entonces el libro, abierto de páginas, se entregará a su coescritura, amable lector: será un lujo si lleva el libro a la cama o si el libro lo lleva hasta la cama.
Esta será la manera (en esta comunicación que se completa) con la que hoy y cada vez que usted desee abrir el ejemplar, la tríada lector-historia-autor pondremos en juego la escritura. Mientras tanto, y con el amparo de este pequeño libro que no tiene dedicatoria impresa, porque es para el lector, hoy me permito el lujo de volver con ustedes, con la frente marchita, pero, por un momento, volver.

jueves 30 de octubre de 2008

Últimas horas de espera

Ya han pasado varios años desde la escritura de este libro. ¿Que cuándo comenzó? ¿Cómo saberlo? Las palabras y las cosas (como el libro de Foucault) se fueron guardando jornada a jornada, escribiendo párrafos a ratos sin pensarlos mucho en San Luis Potosí, en Londres, París, Norwich, Cromer, Colchester, el DF, en Celaya, al caminar en Cambridge y en Guadalajara, se guardaron de a poco como borradores en la mente. Durante un año y medio lo tecleé y corregí, y cuando parecía terminado, cuando la alegre diseñadora tuvo en sus manos el texto para armar el libro y lo armó, todo cambió.
Ya me había dicho hace más de cinco años el poeta jalisciense, el amigo Ricardo Yánez: "Yo no sé de narrativa casi nada, pero lo que sí te puedo asegurar es que debes ser severo al momento de corregir y, si no, deberás ser severo contigo, con tu texto, al entregarlo a prensa". Y eso sucedió, tarde pero a tiempo, todo, menos la esencia, el espíritu del libro, cambió.
Ahora no depende de mí otra cosa que esperar estas últimas horas en que la coedición del CANTE y CENART llevarán el texto a la prensa (suena como llevar a un hombre al cadalzo, para "relajarlo", para "hacerlo cuartos", en la jerga española para la Santa Inquisición); y luego, en cajas, apilados, saldrá el tiraje de la imprenta.
Un libro no es un hijo, satisface, pero no es tanto; sin embargo, ha de darsele la seriedad a la escritura, a la corrección y a las reescrituras necesarias. Confío en haber hecho todo lo que estuvo en mis manos; las molestias para la editorial, si hay una próxima vez, se las ahorraré, eso lo prometo. Pero esta vez fue necesario; cómo no corregir una vez más este libro si años antes, en febrero de 2004, en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, en el pasillo, se detuvo el viejito, con su rostro de sabia tortuga, don José Saramago, y dijo mirándome, sosteniendo mi mano: "Mira, mi consejo más grande es no tener prisa, no desesperar por publicar, y a escribir y corregir", están sus palabras bien claras en mi mente, la textura y la sensación de sus manos, su mirada con párpados cansados, su aliento. Eso hice, a destiempo pero lo hice, a pesar de saber que corría el riesgo de que el editor desistiera de publicarlo si no se iba a prensa como lo tenía él, ya listo.
Ahora, la crítica criticará, eso espero, y la historia ¿me absolverá...? en el olvido, aunque eso poco importa.
Recuerdo en este momento, cuando son las últimas horas antes de ver impreso el libro, recuerdo la absurda dimensión de mi obra y de las obras ajenas, grandes o ínfimas obras propias y ajenas; traigo acá la postura de Woody Allen sobre la obra literaria, plasmada en uno de sus gratos cuentos, cuando afirma que tanto sus libros como los de William Shakespeare serán lo mismo cuando este mundo entero estalle y todo sea polvo cósmico.
Agradeceré al editor y a los lectores su cercanía, su aprecio y desprecio por lo que el libro porta, por hacer que el texto exista cuando sus ojos se gasten al recrear en cada lectura nuestro texto, el texto que coescribimos cada que, tras alguna seducción, se abra de páginas. Ahora sé, lo "recuervo", que no pasa nada.
Dice gracias Gerardo Cruz-Grunerth, a veces Mr Lluvia Oblicua

sábado 4 de octubre de 2008

Tropiezos transatlánticos

...La seguridad la sentía desde que intentaba imitar los pasos con traspiés que Antonieta Rivas Mercado había dado, mientras tocaba dentro de la bolsa del abrigo el frío metal del revólver de Vasconcelos. Pensaba que al igual que ella, Antonieta había cruzado el Atlántico para estar un poco con el hombre al que admiraba, lo mismo que ella con Julio, y había dejado años atrás a su esposo, el gringo, como ella a Gustavo. Así, sintiendo una simpatía con Rivas Mercado, Ariadna permanecía sentada en una banca de la catedral, imaginando el 11 de febrero pero de 1931, el día que la desilusión llevó a la desdichada mecenas a caminar tropezando con las banquetas, girando alrededor de su cabeza un pasado de fantasmas, actores haciendo caravana al público que los ovacionaba en el Teatro Ulises el día de su estreno; billetes a puños introducidos en los bolsillos de los sacos de Xavier Villaurrutia y Novo mientras su esposo, el estadounidense, la apretaba por el brazo harto de tanto perfumar sus vidas de intelectualidad y arte, de escuchar palabras que a borbotones manchaban la cena en su casa. Pero Vasconcelos siempre, en la intimidad, seguía siendo distante con su amante, nunca pidió que dejara a su esposo para estar con él. Ese día en que Antonieta Rivas caminaba por el mismo Boulevard Saint-Germain, despreciada ella y con el peso de la complicidada traicionada luego de la salida de México, tras el fraude financiero por el que acusaban al apóstol de la educación mexicana, lo que lo orillara al exilio, había decidido darse a las soledades, a las tristezas de sus estudios filosóficos, derrotado como pez con la carnada dentro, a morir en la soledad en llamas. Ariadna cerraba los ojos con fuerza, y el disparo retumbaba claro, como repetición del original; volteaba al suelo y veía a Antonieta tirada, dejando correr la sangre de la fisura hecha por la bala en su cráneo.
Esta vez, al recrear en su mente la muerte de Rivas Mercado, pensó largo rato en Gustavo Herbert, recordaba las palabras que apenas hacía una hora él había enunciado: “Para jugar a Horacio y la Maga se necesitan dos. Tú juegas sola en París, sola”, y al final, antes de que ella colgara el auricular: “Ariadna. Deja de enredarte”. Abandonó el templo, no quiso mirar atrás, dejaría de ir un par de días, se dijo. Un taxi paró luego que ella pidió que se detuviera. Sacó su libretilla, leyó el domicilio y lo dijo al conductor; tomó el bolígrafo para escribir en la siguiente hoja...

sábado 2 de agosto de 2008

Historias para la clausura

Siempre que pasaba por St Benedict Road, ya fuera hacia el centro de Norwich o de vuelta al flat, miraba las vitrinas de la librería The Scientific Anglian; era algo cercano a un compromiso con aquellas historias guardadas en los libros que no se vendieron. Le dediqué largos ratos a pensar razones para la clausura del lugar: la muerte del propietario, la quiebra, su enfermedad terminal, tristeza porque sus clientes predilectos habían muerto y sólo él les sobrevivía; migrañas que le hacían imposible salir a la calle y ver la luz invernal de la tarde británica; la pérdida total del cabello y la verguenza por ello; y, claro, la locura.
Siempre tuve por costumbre al pasar frente a la finca abandonada preguntar a quien caminaba a mi lado, si es que alguien compartía la banqueta conmigo, cuál podría ser la causa del terrible final de la bella librería.
Desde fuera se podían ver las huellas del tiempo: el color de las pastas comido por el sol, el polvo en capas gruesas, pedazos de cielo raso caído, montoncillos de sobres de correspondencia donde se podía leer que eran para Mr Steve Ingham.
Una tarde que caminaba por la acera opuesta a la tienda de libros, miré el par de ventanas en la segunda planta y en la izquierda vi que alguien me observaba, las miradas se habían encontrado. Giré mi cabeza al frente, rumbo a casa y no quise ni pude corroborar quién y cómo era, sólo pensé que debía ser el propietario, quien habitaba en el piso de arriba. Caminé lento y pensé que el que vivía en el encierro, entre el polvo y la humedad del papel tapiz, seguía mirándome, incluso no podía descartar que caminaba lento a unos metros detrás de mí, luego de que había logrado salir.
Temí durante los días siguientes, por un tiempo cambié la ruta para ir al mercado, hasta que lo acepté. Las siguientes ocasiones que caminé fuera de la tienda ya tenía yo una doble tarea, continuar pensando motivos para el cierre de la librería (lo que había pasado a segundo término) y gastar el tiempo de ahí a mi destino en una discusión personal sobre si aquello que vi en la ventana días atrás había sido real o sólo era alguno de mis imaginados Inghams.
Consideré desde entonces que, como una recreación del propietario original, había quedado fuera un Mr Ingham loco por las vidas que le di, afligido por las migrañas, en bancarrota, calvo, con un cáncer avanzado o como fuera, se había asomado para saludar, quizá, al único que lo recordaba ya, aunque siempre en la desgracia, o para repudiarme por la suerte que le había dado. Incluso lo acepté por completo, Ingham había salido, y siempre lo había podido salir, ya antes me había mirado decenas de veces cuando yo pasaba oliendo por fuera su librería clausurada, había permanecido toda la tarde en la ventana izquierda del segundo piso pensando por qué siempre veía en ese orden el ejemplar de Ted Huges, uno de Walter de la Mare y el Ulysses; y una molestia le hacía apretar los puños cada vez que me veía espiar, a través del vidrio de la puerta, si había nueva correspondencia o algún movimiento de los objetos al interior.
Una tarde llegué a casa y antes de entrar vi el camino hacia atrás, hasta donde hacía curva Heigham Road, la calle estaba vacía; subí a mi piso y escribí una carta mientras bebía whisky, era una misiva solemne y dulce, donde ofrecía sinceramente mi compañía, la compañía de un hombre solo para otro hombre solo. Al día siguiente aventé la carta por debajo de la puerta y no volví jamás a mirar la correspondencia en la librería.
Por las noches, fumando tabaco en casa, cuando más solo me sentía, salía a caminar entre la niebla espesa, llegaba a la tienda de libros o un poco más allá y regresaba al flat, era un acto reconfortante, una compañía que reconfortaba; le aventaba el vaho diciéndole quedo pero con firmeza: hola Ingham. A veces, al pasar por el pub, encontraba a alguien bebiendo, Victor o Daniel, salían a la acera a saludar y si me acompañaban de camino a casa, mientras charlábamos siguiendo la ruta gastada, por precaución, fuera de The Scientific Anglian, yo mismo me censuraba aunque deseara saciar mi vieja curiosidad. No volví a preguntar al de al lado, Sussann, Patrick, Victor o Daniel, ni a ningún otro, por qué la tienda de libros había cerrado, sólo veía los copos de nieve en el abrigo de mi acompañante; guardaba silencio y pensaba en su nombre. Aun con ojos cerrados, nunca he escuchado sus pasos.

sábado 19 de julio de 2008

De Cartas para Miguel por Melvina Alarcia G. Orozco


viernes 18 de julio de 2008

Cartas (uno)

Melvina:
¿A quién le importa el descascarado ojo de una loca que jamás ha probado un chicle de cereza?, ayer me preguntó Josué cuando intenté explicar las rutas de búsqueda; tarde o temprano te encuentro. Estoy esperando el hallazgo esta noche, a estas horas no hay en el botiquín del baño ni en el cesto de la basura una aguja con amorosa sangre reseca en sus paredes interiores que nos una. Así, tan lejos, te veo mientras degüellas con tus uñas mi puente filigrana. La sangre negra se dispersa apenas cuando he cerrado los ojos y soñado que te tengo dentro, y sin más, me tienes dentro y me andas al interior de las venas. Así sabemos quiénes somos, perras, perros, gatas y gatos pardos aullando de noche cuando las sábanas han caído al suelo. Ahora, yo sólo tengo otras penas, no tú, Melvina. Tengo fobias febriles a los empaques de celofán que no me dejan hojear las de las revistas de pornografía, a los burócratas del arte nacional, a los payasos, a la cursilería barata que escribimos por tres pesos para la masa, para la grasa del cuerpo, para las ratas del basurero; tengo rabia a quienes sacrificarían por traidores a la patria a todo zapatista, los imbéciles que castrarían al Sup y a Tacho de encontrarlos en el metro La Raza, y al cheque que rebota en las ventanilla del banco; a los cigarrillos que se rompen y al vino de anoche se terminó; a ello. A la gente que toca la puerta o llama al teléfono cuando estoy escribiendo. Tormento: quedarse sin agua caliente para el baño un día a menos cinco grados. A parte de eso, lo demás sólo es cuestión de seguir, seguir como escarabajo llevando su mierda a cuestas, hasta siempre, condenándonos a luchar la guerra que siempre otros nos ganan, a dejar ir las inevitables lágrimas por las mejillas caídas por el encuentro que pudo haber iluminado un sendero hasta tu alcoba, pero no iluminó más que un cigarrillo mojado por la llovizna de París. Mientras tanto, escribo y con esta tinta estamos así, dentro, seguimos en tú, en yo, siendo tu yo, cuando me rodean tus piernas y me llenas con tu lengua, inundando con saliva las cuencas de mis ojos. Te veré fuera de mí, pensaré con esta distancia que nunca es tarde para dejar en tu piel marcadas mis manos desde esta otra galaxia, gastando el remedio a la lejanía en esta telaraña de palabras amorosas que ya no te rasguñan los senos cuando frotas mis carta sobre ti. Escribo estas navajas, Melvina, que son sólo son el hervidero de tinta en mi bolígrafo, que intentan alcanzarte por dentro esta noche.

sábado 10 de mayo de 2008

Vías circulares

Mientras tanto, seguías metiendo la cabeza en el suelo, buscando la raíz de la lengua que te hablaba; el único hallazgo fue un reflejo de plata junto a las cegatonas lombrices, lo justo para el viaje en metro.
Salías con la cabeza sucia de tierra húmeda para respirar; sólo sentías el viento que siempre traicionaba tus deseos, ahí no estaba. Seguirías en las búsqueda.
En la vía cavada a tres metros bajo la noche, cuando hacías una pausa para el descanso de los dedos sangrados por la labor, leíste con ojos de tierra el mensaje que habías dejado jornadas atrás: "Letras negras rotas. Ariadna está muerta. No me sigas, estoy perdido". En la superficie el viento soplaba cuando emergiste a respirar.