
Los cibernautas han aprendido cómo hablar, algunos incluso lo hacen con belleza singular. En línea han “colgado” blogs, registros completos que escriben desde hace tiempo; en las publicaciones reportan sucesos privados, a veces tan privados que al hacerlos públicos sonrojan al lector recatado quien se cuestionará si en verdad debiera estar leyendo. Ahí se encuentran “mensajes”, un algo para un alguien, en un mundo virtual, donde la totalidad (virtual) de los virtuales visitantes puede recibirlos, están ahí para todos, pero también están ahí para nadie, si el espacio pasa desapercibido. Sin embargo, la capacidad de ser efectiva la publicación queda distante, es un engaño su hablar cuando se dice en la red, en el blog; en la realidad el silencio llena los espacios de la comunicación individual y social.
En los blogs hay un tono constante, generalmente muy grato, es el aire que los textos tienen de periodismo, como si cada casa o cibercafé desde donde se teclea fuese una momentánea redacción de prensa, así se puede imaginar al bloguero asistiendo con retraso o puntualidad a notificar su postura en una columna de opinión, de análisis, quizá la crónica de la catarsis propia. Algunos autores escriben, de esta manera, una columna de su ser, bajo un periodismo del yo, que no es para nada despreciable.
Siempre (aunque no es “siempre”, pero es un sintagma fijo), siempre he creído que parte de la mecánica del orbe actual precisa que la victoria y el triunfo ha de ser sólo el que logre un ente cargado socialmente de valor (y también capitalistamente cargado de valor simbólico); por ello, (repitiendo el sintagma fijo) siempre he creído que el individuo como ente (individual) ha permanecido aletargado en el mundo de la información, para ser únicamente el receptor de lo que se dirá, de la primera plana, incluso de las breves más breves olvidadas en las últimas páginas de los diarios o en los tres segundos del telenoticiario. La voz del ente ha perdido el espacio en la sociedad, usted se puede entrar en cualquier estación del Metro de la Ciudad de México y evidenciar con una palabra dicha en voz alta, dicha a media plataforma de espera, que la voz está negada en ese espacio; esto no pasa con tanta fuerza en el Tren Ligero de Guadalajara ni en el Metro de París, pero sí, hasta donde he visto, en el de Londres, situación que se puede relacionar con el ambiente propio de las urbes que devoran al ciudadano y, desde luego, las voces.
Hay un engaño que crece, un refugio que es engaño, la virtualidad ha abierto espacios virtuales, que no reales, para la manifestación de una serie de voces silenciadas una a una, cotidianamente en el orbe, minusvaloradas. La red es ese espacio de una polifonía textual-virtual, que por su carácter virtual, aunque resulte un oxímoron, la polifonía no emite sonido real. Los silencios guardados (en la realidad) se vierten allí (la virtualidad), aunque han mutado de exclamación de dolor o alegría, de palabras entre el llanto o de una queja por le fastidio a mediodía, han mutado por el comentario (lo que sea que la palabra “comentario” signifique). Esta vía, el comentario, y es más, la hiperescritura del comentario sobre el comentario, generan una encadenamiento textual, un tejido público en la virtualidad. Aquí reina, como una contradicción a la virtualidad, reina el carácter apofántico del decir personal, su capacidad de afirmar(se) y/o de negar(se). Parece todo un logro del que expresa. Nos hemos quedado siempre (otra vez este “siempre” que significa algo como “muchas veces” o “generalmente”), cuando lo que hemos de decir tiende a expresarse en los terrenos de la realidad real, se ha quedado el decir en muchos casos en el track de la retórica, por lo tanto del eufemismo, y aunque en la oralidad es un hecho lo apofántico, también es un hecho optar por lo otro.
Pero no sólo hemos perdido como individuos sociales el terreno de la comunicación social, el terreno de una comunicación individual de la sociedad, la comunicación privada se perdió en el afluente de la comunicación social donde lo “social”, regreso al punto, dejó de ser los “social”, para dar paso a la agenda de lo que en el espacio del capital y la celeridad del orbe ha de ser entendido como poseedor del peso simbólico, sígnico. Y yo no sé hasta qué punto incluso en el arte, el último refugio de la a veces representación de la realidad real, se cedió el carril; y por carril no me refiero a la ficcionalidad, pues ella, la ficcionalidad es habitante constante del arte. Pero, como decía al inicio de este párrafo, también en los ámbitos de la comunicación privada, del individuo con el otro, el “yo” ha visto mermada (aunque cualquiera puede refutar que esto es decisión del que quiere decir) su potencial capacidad de decir, aquí también la agenda de lo que socialmente tiene el poder simbólico, que se traduce en un poder sígnico y significativo, ocupa nuestras agendas del decir; la maraña, o, mejor, la marea alta de lo socialmente significativo, invade los terrenos del decir, y la manera de decir.
Aunque, reitero, se puede decir que el hablante define el grado en que el decir, el poder decir, el poder hablar, le es mermado o se automerma, yo insito que una serie de productos externos, que habitan en la maquinaria de la sociedad, algo así como un constructo diseñado a base de Aparato Ideológico de Estado, se instala en la cotidianidad de este siglo, se instaura una realidad de comunicación privada deficiente, y una nula capacidad de comunicación de lo privado hacia lo social. Es en este mismo momento-espacio cuando una “posibilidad” transgrede el nivel, la posibilidad proveniente de lo virtual y se configura en el nivel de lo real, se produce como contaminación (cómo decir contaminación en esta historia, en esta vida, sin que suene peyorativo).
Decir no es decir en este espacio en el que los planos se trasgreden, cómo hablar y cómo no hablar, preguntas elementales en la práctica humana de comunicación, pública y privada, individual y social, se significa singularmente, en el espacio, en la válvula virtual para la realidad social e individual; la pregunta se presenta como una nueva actividad de la cual no se alcanza a distinguir cómo es que funciona su mecánica, pero en la virtualidad ya no es el cómo no hablar o el cómo hablar de la calle.
Aquí, al estar frente al computador, son las mismas palabras, el mismo corpus que cuando caminamos por la acera de una calle en Los Ángeles, el mismo de la ensoñación y del sueño, de nuestros deseos perversos y amables, nuestra visión de mundo sigue siendo la misma, sin embargo algo ha cambiado. Aquí, en este espacio del click, del Alt Ctrl Fn Intro, la red, el blog, el casillero para el hipercomentario, al poner el cursor sobre él nos llevan a un contrato para hablar, para decir y, entonces, va quedando desplazada esa gran interrogante, el cómo no hablar, cómo no decir. Abrir, contratar, porque damos click al “acepto los términos y condiciones de uso”, es un contrato con quién sabe quién, en quién sabe dónde y quién sabe cómo, dar ese click es afirmar un deseo por decir, por hablar en el registro (log) de la virtualidad.
Y aunque disponemos de ese mismo corpus referido, el enfrentamiento, la disputa entre el cómo hablar y el cómo no hablar de la realidad ha perdido fuerza, digo, perdido fuerza ese enfrentamiento, las palabras y las cosas son dichas por un tecleo semiautomático, en un delirio de virtualidad, de posibilidad de decir sin intermitencias de lo que no es decible. Yo dudo que cualquiera bloguero, con el corpus propio, enuncie en el andén del tren mientras espera el convoy, dudo que diga, públicamente, sin mediaciones del cómo no hablar, lo que ha tecleado para sus blogs (de carácter personal). Cómo voltear en la banca del parque y decir lo que se ha de decir. Es un reto pasar el decir de lo virtual a lo real.
En la realidad, tiene una carga mayor el punto extremo en el que se cuestiona el que dice, en que casi como sin pensarlo o pensándolo muy de prisa, el péndulo del “cómonohablar-cómohablar” tiene su ir y venir. Todos tenemos, en la realidad, este espacio privilegiado donde se hace uso del péndulo al que hago referencia (y “todos” vuelve a ser una manera de decir, una forma de hablar). En el discurso del individuo, en el plano de la realidad, el juego del péndulo no tiene contratos para decir, no hemos firmado con un click un “acepto los términos y condiciones de uso de este diálogo”, a pesar de un proceso o principio de cooperación en el diálogo.
Yo no podría ser un columnista de mi vida, hacer este periodismo del yo del que hablaba al inicio de este texto. El contrato de aceptación para decir, por más fielmente que se quiera asumir a la palabra log no permite olvidar el péndulo “cómonohablar-cómohablar”, porque en ese juego está presente, para mí, en esa fragmentariedad del discurso, de lo dicho, lo que se es, quien se es.
Ante la disminuida o casi nula, o nula, posibilidad de comunicación del individuo, del yo, como ser social, en los medios públicos, privados y sociales de comunicación, han de encontrarse espacios del mismo plano, es necesario que sea también en el mismo plano de la realidad para hablar (bajo el juicio veloz del péndulo). Hablarle al tú de la realidad bastará si lo que se ha decidido decir es recibido, bastará y estará sobre la posibilidad de una virtual publicación hacia el, en potencia, total de cibernautas que puedan toparse con sus muy sentidas y bellas palabras. Existe una fiebre por publicar en muchos ámbitos reales y virtuales, por decir, falta verificar, porque es sano hacerlo (verificar es sano), si hay rigor en el decir (y rigor no es que una agenda externa defina lo que yo o usted “decidimos” decir).
En la realidad hay una experiencia única, real, al contacto con el otro, donde se tiene el poder de decir y el poder de no decir lo que se sabe, lo que se siente, incluso de mentir sin contratos, como muestra de “ser” consciente, “ser” individuo e individual al poder mentir como rasgo de la inteligencia, incluso guardar, arropar, no hablar un secreto. Por supuesto, se debe valorar y no menospreciar lo que los usuarios de la virtualidad han escrito y escribirán, lo comentado e hipercomentado, yo mismo soy un usuario del gran “log”, y con esto niego lo que afirmo, creo, y afirmo lo que niego, para poder decir, para poder afirmar mi postura sobre las aportaciones a la textualidad virtual y mi aportación a la textualidad virtual. Prácticamente nadie en la red dejará de teclear, lo sé; además, mi intención no es invitar a callar, sino recordar, porque seguro que se sabe, todos lo saben incluso desde antes que yo, que podemos hablar, así, en la realidad, bajo las reglas del juego impuestas por la oposición “cómonohablar-cómohablar”; y es que, además de ser un acto placentero, sin duda que es preciso hablar.