Hace más de diez años, cuando llegué a vivir a Guadalajara,
me agradó descubrir que mi barrio, la Colonia Americana, estaba lleno de buenas
librerías. Podía hacer una trayectoria por mi calle, López Cotilla, desde Unión
hasta el centro, e ir parando entre librerías “de nuevo” y “de viejo”. Mi casa
estuvo siempre en este intersticio libresco. De ahí mis predilectas de viejo: El
Desván de Don Quijote, Librería Selecta, Librería Romo y la Librería Hispánica.
Yo no suelo distinguir ente librerías de nuevo y de viejo,
para mí ambas son sencillamente librerías. Tampoco me gusta aquello de primera
y segunda mano, pero hoy no tengo margen para eludir estos términos. Sin duda
que las librerías de primera mano son un grato lugar, algunas veces incluyen un
área para beber café, citarse con alguien o para leer lo que se acaba de
comprar, recién despojado del fetiche del celofán. Sin embargo, las librerías
de fondo se van extinguiendo de a poco, van faltando librerías donde sus
propietarios y empleados sepan lo que venden, es más, van faltando librerías
con una vocación por la oferta literaria, que sepan correr el riesgo del pedido
de títulos no comercialmente probados.
Al respecto, hace unos meses escuché decir al editor del
sello valenciano Pre-Textos una verdad dolorosa: “En las librerías, las mesas
de novedades cambian más rápido que los escaparates de Zara”. La velocidad con
que aparecen nuevos títulos en las librerías físicas y digitales es
desproporcionada a la manera en que se lee. Las devoluciones y el envío a
bodega de ejemplares y ejemplares, así como su destrucción es el futuro cercano
para muchas obras.
Las librerías de viejo tienen una oferta que difícilmente se
encuentra en las de nuevo, es otra oferta. Luego de buscar por todo el país,
incluso en la editorial y sus almacenes, uno termina por no encontrar algún
libro. Entonces uno se da cuenta que los únicos ejemplares que quedan a la venta
están en Argentina o España, y nadie querrá pagar el envío y aguardar a su
arribo. Libros descatalogados, que en otro tiempo estuvieron en cada librería,
de autores de nombre, eso es lo que uno logra encontrar en las secondhand después de buscar tan lejos,
dedicando un poco a pasar por las librerías de viejo. Así me hice de unos L. M.
Panero y D. Coupland.
Contaban en los pasillos de Letras de la Universidad de
Guadalajara que buena parte de la biblioteca personal de Juan José Arreola
había ido a parar a las librerías de viejo, y ahí, con suerte, uno se
encontraría con una dedicatoria, un ex libris revelador. Esto era parte del
mito de las librerías de usado en la universidad, lo que quizá nos alentaba a
buscar aquellas decenas de libros que cada semestre se leían, si no se optaba
(o no alcanzaba) por un ejemplar de las bibliotecas. Porque, desde luego,
buscar un título en estas librerías puede ser una aventura.
Sin duda, son muchos grandes títulos los que he adquirido en
este polígono librero tapatío. Libros en francés, teoría literaria, alguna
primera edición. Hay quienes piensan que estos libreros no saben lo que venden,
porque uno puede tener un gran título en una gran edición por unos cuantos
pesos. Por supuesto que saben lo que venden, pero de qué les sirve llenar sus libreros
de grandes ediciones y jamás venderlos por ponerles su precio “verdadero”.
Gente cercana a mí se queja, como muchos, del alto precio de
los libros. Yo no logro ser lector de novedades, esa es mi salvación. Mientras
tanto, otros se pasean frente a mí con sus nuevos libros que yo no envidio.
Para ellos lo mismo da ir al supermercado o a la librería, porque ambos tienen
la misma oferta. ¿Cómo puede alguien quejarse del precio de la lectura si con
menos de cien pesos uno puede salir de una de viejo acompañado por José
Agustín, T. Capote y Guillermo Fadanelli, por ejemplo?
En noviembre pasado visité la Librería Canuda de Barcelona,
un día antes de su cierre total, el dueño puso en liquidación toda la tienda.
Los clientes, verdaderos amigos a fuerza de décadas de ir, de encargar algún
título, algún autor, se despedían del propietario. Les oí decir que habían
subido la renta hasta un punto inaccesible. Bajé al sótano, el olor a humedad
era asfixiante, presionaba los pulmones como el agua helada. Di un paseo entre
millares de ejemplares. Junto a la caja, quise ver a los ojos al propietario,
le pregunté por algo de Panero; luego me dijo que en ese lugar abrirían una
tienda Mango. Pagué mis libros y me despedí.
Qué destino para una librería, aun
más por estar en uno de los países donde las librerías de segunda pueden tener
el mismo o mayor renombre que las librerías de nuevo. El día del cierre nadie
imaginaba que pocos meses después un incendio alcanzaría a quemar el almacén
donde fueron ubicados los libros tras la clausura, perdiéndose al menos 40 mil
ejemplares en la conflagración.

Las librerías de viejo son un ente que atrae a unos cuantos,
un ente que no ha podido extender su presencia a otros ámbitos, porque su
naturaleza es contraria al sentido de consumo, del consumo de lo nuevo, lo
estandarizado, del pago rápido y a crédito, el consumo de lo que todo el mundo
habla, de lo que se anuncia por todos los medios. Harían falta librerías de
segunda mano esparcidas por otros barrios de Guadalajara y de las ciudades, y
que enseñáramos a nuestros próximos a usarlas.
Mientras tanto, éstas seguirán subsistiendo gracias a los
estudiantes, a los lectores empedernidos, a los curiosos y aventureros que
quieran empolvarse los dedos. No nos daremos cuenta del servicio y la vocación
que estos negocios ofrecen hasta que, Rulfo no lo quiera, estas librerías
desaparezcan.
Texto publicado originalmente en el suplemento Ocio del Diario Milenio el 9/8/2014.