En 2004, la Universidad de
Guadalajara organizó una edición extraordinaria de la Cátedra Latinoamericana Julio
Cortázar; en la inauguración y en una conferencia posterior, escuchamos a
García Márquez, Saramago y a Carlos Fuentes, sentados en la misma mesa. Aquello
era como si el Paraninfo en realidad fuera una mesa de cafetín... recordaban a
un amigo-colega, a Cortázar, hablaban de él con reverencia y camaradería, y los
del público escuchábamos la conversación de la mesa de al lado. Ahora, diez
años después, los tres se han ido... como quien sale de casa en la tarde por un
café.
Eso fue sólo el comienzo.
El segundo día de la Cátedra ,
estaba por dejar el Paraninfo cuando vi a cientos de personas formadas, para
llegar con García Márquez, Saramago y Fuentes. Todos llevaban en la mano un
ejemplar. Yo no.
En la fila rumbo al
colombiano, atestigüé cómo algunos volvían de la librería Siglo XXI, o con
bolsas de FCE o Gandhi; habían corrido para comprar un ejemplar y llegaban con
él, aún con el celofán. Yo no tenía un libro de García Márquez, ni dinero.
Ese día llevaba en mi
maletín “La frontera de cristal” de Fuentes. Así que les enseñaba a los
guaruras que sí tenía un libro por autografiar. Ellos no prestaban mucha
atención al título o al autor. Era un libro de esas ediciones baratas con mal
papel, de lejos pasaba por cualquiera.
Yo no soy un cazaautógrafos.
Nunca he pedido a los autores sus firmas ni una foto con ellos. Guardo ese
deseo para los futbolistas viejos: Hugo Sánchez, Zidane o Maradona. No quería
un autógrafo de Márquez. Yo pretendía llegar hasta él y saludarlo, verlo de
cerca, escuchar su voz y ya.
Yo era el último de mi
fila. Dejé que otros pasaran primero. Un guarura me pidió que tuviera listo el
libro para la firma. Junto a mí pasó Fuentes con su aire aburguesado; me daba
igual que él ya se hubiera cansado de dar autógrafos.
Sólo faltábamos diez para
llegar a Márquez. Ya veía al colombiano, pensaba en el periodista; yo había
trabajado en el periodismo y pronto renuncié decepcionado al no encontrar lo
que había leído en García Márquez. Ignoraba que semanas después volvería
definitivamente a un periódico.
Otro guardia que no había
visto llegó hasta mí. Me pidió que le enseñara mi ejemplar. Lo enseñé a
regañadientes. Parece que siempre hay un listo de traje negro que logra
distinguir entre Carlos Fuentes y García Márquez. Me pidió que me fuera. Yo le
decía que sólo quería saludarlo. Estaba a cinco pasos ya.
El
viejo firmaba el último libro del día. Dos escoltas me tomaban por los brazos.
Miraba sus audífonos con los que se comunicaban, decía que “me tenían”. Yo les
repetía: “sólo lo quiero saludar”. Entonces escuché la voz de García Márquez.

Me
preguntó si yo escribía y dije que narrativa. Miraba su nariz enorme, sus lentes
de pasta, su bigote cano. Él me decía que se alegraba de que escribiera, que
hacían falta todas las cosas que yo pudiera narrar, que nunca pensara que
narrar era un acto innecesario.
Entonces,
el guardia dijo que era hora de irse. Quise ayudarlo a levantarse, al abuelo García
Márquez. Volví a sentir su mano, me despedí y caminé hacia el mediodía
amarillo, sin un centavo en la bolsa que me permitiera salir de casa en la
tarde por un café.
Texto publicado originalmente en Diario Milenio, edición del 25 de abril de 2014.